Epílogo

Extravagancias de la edición impresa

Voy a ver a una amiga. Voy rápido, odio llegar tarde. Al final llego media hora antes. Estiro la mano para abrir la puerta del café donde quedamos y cambio de idea, cierro el puño en el aire y sigo andando, más rápido que antes. No sé ir despacio, tengo que correr. Quizás odio a la gente. Creo que alguien me sigue. Me giro y ahí está, uno alto. Lo miro mal para desanimarlo y no se desanima, acelera. Me entra la risa porque Buenos Aires está mal iluminada y de noche es fácil esconderse. Me meto en un callejón y recién ahí me acuerdo: yo no vivo en Buenos Aires, me fui hace catorce años, vivo en Madrid. El tipo entra al callejón, mete una mano en el bolsillo y ahí por fin descubro sus intenciones. Me va a dar dinero. No sé cómo lo descubro pero me acerco para que me lo dé. El tipo busca algo en el bolsillo y creo que tarda una eternidad; que me dé el dinero de una puta vez, no quiero llegar tarde.

Me gusta una chica del trabajo. Salimos juntos, nos quedamos hablando hasta tarde. Yo no intento nada. Después me voy a casa y no puedo dejar de pensar en ella. Escribo todo lo que no me atrevo a decir. Una noche se queda callada; puedo oler su perfume, me encanta su perfume. Me acerca la cara y yo la beso pero porque me gusta besar, ya no la quiero, ahora quiero a otra. Nos despedimos y me voy a casa, quiero estar solo, pensar en la nueva, escribir todo lo que no me voy a atrever a decir.

Un día una embarazada frena el coche y habla bajito. No la escucho. Sigue hablando y no la escucho. Me dice que suba y subo; el coche es una maravilla. Entonces traba las puertas y arranca sin mirar si venía alguien. Se salta un semáforo, en general conduce muy mal. Su cara me suena. Últimamente mis amigos me cuentan cosas que hice que yo no me acuerdo. Sinceramente, no me acuerdo de ninguna embarazada.

Voy en tren y hay dos señoras. Una está ansiosa, dice: «El que plantó estos árboles es un genio». No voy pensando en nada así que al rato sigo escuchando esas palabras, y creo que las cambio: «El que se trepe a estos árboles será un genio». Bajo del tren nervioso y me trepo a uno. Apenas siento el efecto prometido por la señora.

Un señor entra a robar y no me mata de milagro. Está borracho, me dispara pero no me da. Se lleva todo lo que puede, algunas cosas se le caen, un encanto de señor. A la semana lo encuentro y el que dispara soy yo. Puede que también esté borracho porque tampoco le doy. El hijo de puta está encogido en un rincón. Le pregunto si está listo, que yo estoy listo, ahora sí. Entonces le doy la espalda, así si le doy, como mucho es un accidente. Al rato me doy la vuelta y no lo encuentro. Lo maté de la forma más pura imaginable: lo hice desaparecer.

Una señora me dice que no hay problema y yo le estoy infinitamente agradecido, me quita la ropa. Insiste que sin condón y yo de acuerdo, sin condón, se la meto, acabo rápido. Se arregla un poco y se ríe, se va contenta. Me alegro, la verdad, buena gente la señora. Creo que es buena gente, no la conozco.

Escribo emocionado la última página de un libro, seguro de que gracias a una serie de pistas muy sutiles que he dejado, sobre todo al final, la gente va a pensar que soy un genio.

@ Nelson Galtero, 2014

Contraportada

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