Primeras páginas

Anexo

Aquí hablo de Grossman, apenas mencionado en el informe principal. Nuestras ideas sobre él no eran exactas. Respecto al pueblo, tiene cosas en común con otros pueblos que consideramos para levantar el hotel, y cosas diferentes, como te advertí en su momento y me pediste que hiciera un anexo explicando a qué me refería exactamente. Antes de autorizar el inicio de las obras, te ruego atiendas los aspectos que describo a continuación, evitados hasta ahora por su carácter personal, fuera de los límites estrictos del informe técnico.

Sólo llegar, un viejo dibujó un círculo a mi alrededor. Era un círculo imaginario en el que apenas me entraban los zapatos. Dijo al aire:

–Desgraciado quien se atreva a pedir más de lo que Dios le ha dado.

Me dijo a mí:

–Usted de ahí no se mueve.

Se me ocurrió que sería Grossman. Me había pasado el viaje imaginando su cara y el encuentro. Tenía ganas de verlo. Después pensé que no iba a ser tan fácil y seguí andando.

–Ah –dijo el viejo–, un valiente. Entonces tenga –metió la mano en el bolsillo y sacó un puñado de cerezas– huela.

Olían estupendamente. No me habría importado probar una. Tenía la boca seca del viaje. Devolvió las cerezas al bolsillo y me acercó la mano vacía.

–Por valiente –me dijo cuando yo sentía el olor a culo cagado en la punta de sus dedos.

Esa fue la primera ofensa que padecí. Después vinieron otras que me hicieron ver a esta primera casi con ternura porque no incluía insultos ni golpes. Esos vinieron después. No te digo más, no te quiero dar pena, pero tampoco quiero que pienses que exagero, todo esto pasó.

Te hablo un poco de la gente. Si al final tiras para adelante con el proyecto, estos serán nuestros vecinos. Uno me hizo señas, me contó que habían matado a Jesús; me dijo que era un espectáculo terrible pero había que verlo. Yo lo seguí a unos metros de distancia y cuando llegamos había mucha gente. El cuerpo estaba al costado de la carretera y su bicicleta lejos. Una mujer enorme habló. Dijo que el hombre era feliz con muy poco. Entonces agregó (e inmediatamente después se puso a llorar):

–Incluso estar vivo le parecía exagerado para ser feliz.

Era ridículo, pero hablaba con cariño.

Por la tarde lo enterraron. Yo acababa de llegar y como era mi día libre me pasé por el entierro. El tipo se llamaba Jesús Duque. La mujer enorme siguió llorando hasta que se fueron todos. Yo me quedé con ella. Iba a preguntarle por Grossman pero no me atreví.

Al día siguiente todo el pueblo triste. Poca gente en las calles, las tiendas cerradas. Le pregunté a una señora qué pasaba y supongo que me habrá visto en el entierro porque me preguntó:

–¿Usted es tonto?

No pregunté más. Se ve que lo querían en serio.

Te lo digo cuanto antes, puede que todavía me creas: Jesús Duque apareció vivo. Su regreso no fue nada espectacular. Apareció en una esquina a plena luz del día. Pero había dudas y eran razonables. Quienes lo habían visto muerto, quienes lo enterraron, les sorprendía verlo de nuevo. Sobre todo verlo más joven. Había vuelto –traducido a palabras sonará increíble– cincuenta años más joven. Veinte años calculaban que tenía.

Las calles volvieron a animarse, abrieron las tiendas, los bares, podías oír a la gente diciendo que Jesús Duque –el que no necesitaba estar vivo para ser feliz– estaba muerto y era feliz. Al principio se decía en broma para tantear el ambiente. La gente reaccionaba bien. A la semana, o secundabas el disparate o te ganabas un empujón. Yo me gané el mío en un bar, más una patada de una niña que obedecía a su padre.

La cosa quedaba así: el hombre que se paseaba por el pueblo era Jesús Duque, vuelto a la vida, cincuenta años más joven. Pobre del que dijese lo contrario o de aquel –me miraban a mí– que no mostrase entusiasmo.

Alguien dijo: «Tal persona, de tal bodega, una vez ofendió a Jesús Duque».

El alcalde José María Berrocal (hijo), temiendo que la cosa fuese a más, convocó a los vecinos en el ayuntamiento para hablar del asunto. Habló de la resurrección y de la muerte como si nada y después propuso una votación. Había dos opciones: Jesús Duque había vuelto, o no había vuelto. A pesar del entusiasmo inicial, la idea de la resurrección fue perdiendo fuerza. Si les preguntabas de uno en uno te decían que aquello no tenía sentido. Finalmente se acordó que quien vagaba por el pueblo no era Jesús Duque. Que Jesús Duque estaba muerto. Uno planteó una idea intermedia: el alma. El alma de Jesús volvía porque tenía que hablar con el de la bodega.

(Sé que el tema aquí es Grossman y la construcción del hotel, pero para llegar al asunto en condiciones primero tengo que contarte todo esto, es importante).

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