Primeras páginas

FRANCESAS

Se habla tanto de las francesas. Todo el mundo se apura a decir lo que piensa, y las francesas no les dan las gracias a ellos ni les piden perdón a ellas. Hacen lo que les da la gana. Y discutir esto me hace mal. Yo sólo quiero decir que a mí me gustan mucho, y que apenas he estado con siete francesas. Alguno dirá que siete son muchas y contará sólo tres. Depende de lo que cada uno considere estar con una francesa. Aparecieron todas juntas, como si la vida intentara saldar su deuda conmigo en una única tarde europea.

Yo iba por el Retiro en bicicleta, y todo el mundo conoce la fascinación de la mujer francesa por el hombre solitario en bicicleta. Te saludan con una sonrisa, se ponen de pie y te siguen y te envuelven como leonas hambrientas, te tiran al suelo y entonces puedes ver tu sangre roja en sus labios asesinos. Sabiendo esto, tuve la precaución de bajarme y ensayar la invisibilidad, lleno de optimismo, seguro de que no me veían. Algo debieron percibir, porque aun sin mirar se inquietaron, las francesas. Aceleré el paso, me subí a la bicicleta, me puse a pedalear a toda velocidad y menos mal, porque del otro lado una se me había acercado y casi detiene mi huida de un zarpazo. No miré atrás, seguí pedaleando, lamentando que las cosas tuvieran que ser así con ellas. Fue un tronco el que me alcanzó y me tiró al suelo.

Me desperté rodeado de francesas, en una zona poco transitada del parque. Estaba prácticamente desnudo y me dolía la cabeza. Una lengua subía, pero sobre todo bajaba, y lamenté no hablar francés para decirle que parase. Evité gesticular porque es de tontos, y porque a mí me impresionaba esa mujer elegante y bien perfumada. Tampoco quise sujetarla e interrumpir algo que por lo visto era bueno para ella. Una le avisó al resto que yo me había despertado. Luego se acercó y se quitó los pantalones. Otra me besó en la boca y se me tiró encima. Otra usaba mi hombro para frotarse, y yo no sabía si pedir auxilio o dar las gracias por ser parte de esa reunión de bragas tan distintas unas de otras, dar las gracias por todos esos mordiscos, pellizcos y bofetones.

La que se había bajado los pantalones se echó las bragas a un lado y se metió mi parte más escandalosa en su parte más disimulada. Me cabalgó así durante un rato, con los ojos cerrados, pensando sólo en ella, diciéndome cosas que no entendía. Después se puso a llorar y casi detuvo su marcha, se desmoronó y enseguida se puso de pie. Dio dos pasos y se cayó. Una tuvo que ayudarla a levantarse y la vistió. Luego le metió la lengua en la oreja y eso le arrancó una sonrisa. Yo pensé que era la líder y que ya podía irme a casa. Me estaba subiendo los calzoncillos cuando una me pegó una bofetada y ocupó el puesto libre. Se tocó un poco donde sólo ella podía tocarse, y cuando sintió que estaba lista empezó mi segunda vez con una francesa. Sus movimientos eran largos y los acentuaba en sílabas diferentes. Pensé: «Te están haciendo el amor en francés». Apenas tenía tiempo para pensar, tenía que hacer lo que me pedían. No quería ponerlas de mal humor. Otra que había estado dudando se quitó las bragas y todo aquello fue a parar a mi boca. Le dije que su amiga me estaba usando ya. Me sujetó la cabeza: había tomado una decisión, no iba a discutir conmigo.

Me usaban de a dos, puede que porque el sol empezaba a caer y tenían cosas más importantes que hacer. Yo no tenía miedo porque eran educadas, y la segunda también se había quedado tendida encima de mí. La otra seguía usando mi boca. Yo ponía todo de mi parte para que terminara de una vez y me dejara en paz.

Eran todas muy hermosas, menos una, que me insultaba. Yo estaba atento, y en ningún caso desatendía mis partes comprometidas, que eran: la boca, el pecho (una se había sentado a hacer fotos) y por supuesto mi parte más comprometida, aunque la compartían fraternalmente. Me obligaron a hacer cosas que de haber tenido novia se habría enfadado conmigo, pero no era mi culpa, eran ellas que habían perdido el control.

Hacía rato que me venían trabajando de a tres, y hasta de a cuatro. Me rozaban como podían, hacían cola, se tocaban entre ellas y me soltaban una bofetada si encontraban el hueco. El tiempo se les echaba encima. Una estaba escribiéndome su número de teléfono en el brazo cuando empezaron a seguir con la mirada a una cosa que se movía. Se detuvieron, sonrieron y se pusieron de pie. Entonces empezaron a correr como leonas hambrientas, a perseguir a otro pobre que se paseaba solo por el Retiro. Le dijeron que parase y él paró, hablaba francés. Empezaron a desnudarlo, incluso antes de tirarlo al suelo. Después lo levantaron y empezaron a usarlo contra un árbol, a dos metros de donde se habían olvidado de mí. Le metían los dedos en la boca y luego se los sacaban y se los metían entre ellas mismas como podían. Les dio igual que yo pudiera escaparme y denunciarlas. Y él me desafiaba. Me miraba como si fuese una competencia y hubiese ganado él.

[…]

© Nelson Galtero Barchetta, 2015

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